No recuerdo muy bien cómo empezó todo, pero Hedwig apareció en mi vida allá por 2006, cuando era adolescente. No sé cómo llegó a mis manos aquel DVD trucho, de esos que venían en una bolsita y con una calidad de imagen que a veces había que adivinar más que mirar. Lo que sí recuerdo es lo que me generó aquella película: me pareció intensa, oscura y, al mismo tiempo, tremendamente llamativa. Había algo en ese personaje, en su estética y en esa mezcla de rock, humor y dolor que me había atrapado, aunque probablemente todavía no terminara de comprender todo lo que había detrás.
Pasaron veinte años, vivimos unas cuantas cosas, el mundo cambió y aprendimos a mirar algunas historias desde otro lugar. Y en pleno corazón del Abasto, ese barrio donde el tango parece estar siempre presente, nos encontramos nuevamente con Hedwig y su glam-rock, pero esta vez en el teatro, en una adaptación que nos pareció una verdadera locura.
Creada por John Cameron Mitchell y Stephen Trask, “Hedwig and the Angry Inch” nació en los 90' en el circuito teatral neoyorquino y con los años se convirtió en una obra de culto. Su adaptación cinematográfica, estrenada en 2001, amplió todavía más el alcance de una historia que combina música, humor, provocación y una profunda melancolía.
En Buenos Aires ya tuvimos una versión teatral en 2009, protagonizada por Germán “Tripa” Tripel y Florencia Otero, que dejó su huella en la escena porteña. Hoy, “Hedwig y la Pulgada Furiosa” vuelve a escena con una nueva adaptación a cargo de Julio Panno y Rocío Noziglia, protagonizada por Nacho Pérez Cortés y Gastón Urtubey. Una propuesta que recupera ese universo tan particular y lo transforma en una experiencia que va bastante más allá de sentarse a ver un musical.
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Hedwig es una cantante de nacida en Berlín Oriental, cuya vida cambia cuando conoce a un soldado estadounidense que le promete una salida hacia una vida mejor. Para poder casarse con él y abandonar el país, se somete a una intervención quirúrgica que termina de manera traumática: una operación de reasignación de género forzada por las circunstancias y que la deja marcada física y emocionalmente. A partir de ahí, entre amores que se rompen, abandonos y sueños que no salen como esperaba, Hedwig intenta encontrar su lugar en el mundo. La música se convierte en su refugio, su forma de contar lo vivido y, quizás, de empezar a reconstruirse.
Sin dudas, la identidad de género forma parte de su historia, pero reducir la obra a ese aspecto sería quedarse en la superficie. Lo que aparece también es la necesidad de sentirse amado, de recuperar algo de aquello que la vida le arrebató y de descubrir quién puede ser después de todo lo que atravesó. Esta artista se muestra provocadora, irónica, extravagante y arrolladora, pero detrás de esa figura hay una persona que todavía carga con heridas profundas.
Y qué interesante es encontrarnos con una historia así a pocas semanas de noviembre, cuando en Argentina se celebra el mes del orgullo LGBT+. Una oportunidad para seguir acercándonos a las distintas experiencias de la comunidad, entendiendo que detrás de cada identidad hay una historia particular. La de Hedwig, atravesada por la violencia y el trauma, nos marca también la importancia de hablar del derecho a decidir sobre el propio cuerpo y de poder construir una vida en nuestros propios términos.
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Algo que se disfruta desde el primer momento es que esta propuesta rompe con el formato tradicional. La experiencia empieza antes de que se apaguen las luces: al llegar, nos encontramos con una barra, tragos servidos en vasitos temáticos, espacios preparados para sacarse fotos y una atmósfera que ya nos mete de lleno en un nuevo universo. Hay música, comida y un público diverso, con distintas edades, identidades y maneras de habitar el mundo. Todo parece dispuesto para que la noche sea mucho más que una función de teatro.
Y basta prestar un poco de atención para entender que estamos frente a una obra de culto. Entre el público escuchamos comentarios de quienes ya la vieron en su versión teatral anterior, de quienes tuvieron la oportunidad de verla afuera y de quienes conocen sus canciones de memoria.
Una vez adentro, queda claro que esto no es solamente una obra de teatro musical: hay una energía de recital, una banda en vivo que la rompe y una protagonista que se adueña del espacio con una fuerza arrolladora.
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Y si todo este universo consigue sostenerse con semejante fuerza es, en gran parte, por el trabajo de quienes están arriba del escenario.
Lo de Nacho Pérez Cortés como Hedwig es para aplaudir de pie, literalmente, como hicimos al terminar la función. Es un trabajo que exige muchísimo desde lo vocal, lo físico y lo interpretativo. El loco se calzó los stilettos de quince centímetros y salió a comerse el escenario, sosteniendo la energía de un recital y, al mismo tiempo, dejando aparecer la fragilidad de alguien que lleva una historia muy dolorosa a cuestas.
Pasa de la ironía a la emoción sin perder la fuerza del personaje sin perder la presencia escénica que te mantiene pendiente de lo que sucede en todo momento. Hay una entrega enorme y, cuando termina la función, ese aplauso de pie sale casi naturalmente.
Gastón Urtubey también hace un gran trabajo como Yitzhak. Su presencia suma mucho a la dinámica del espectáculo y al vínculo que se construye entre ambos personajes. Hay tensiones, afectos y contradicciones en esa relación, y Gastón logra darle su propio peso sin quedar a la sombra de Hedwig. Es una parte fundamental de lo que sucede en escena y aporta matices a una historia en la que los vínculos nunca son tan sencillos como parecen.
Detrás de esta versión están Julio Panno y Rocío Noziglia, responsables de una adaptación que encuentra una manera muy particular de acercar este universo al público argentino. La puesta tiene identidad propia, entiende que la música necesita ocupar un lugar central y aprovecha el formato para construir una experiencia cercana, potente y diferente.
El resultado es un espectáculo que juega con los límites entre el teatro y el recital sin perder de vista la historia que quiere contar.