Salir del teatro siempre tiene algo especial, porque uno siempre se lleva algo: un chiste, una sonrisa, una canción, preguntas o respuestas, entre otras cosas. Pero a muchos nos viene pasando que, con una obra, nos llevamos una pregunta: ¿cómo mirás cuando mirás?
No parece una pregunta demasiado complicada. Parece confusa, tal vez sin sentido y difícil de responder. Hasta que empezás a pensarla un poco.
Porque mirar no es solamente ver. Mirás a una persona, pero también mirás lo que sabés de ella, lo que te contaron, lo que imaginás, lo que te da miedo. Mirás desde tus propios prejuicios, desde tus experiencias y hasta desde cosas que quizás ni siquiera sabés que tenés incorporadas.
Y esa pregunta resuena justamente en "Los ojos del perro siberiano", la novela de Antonio Santa Ana que acompañó a varias generaciones de lectores en la escuela y que ahora se hizo por primera vez al teatro, convertida además en un musical.
Habíamos conocido el proyecto unos meses atrás, cuando todavía faltaba bastante para que todo aquello que nos contaban se transformara en una función. Pero ¿cómo iban a llevar al escenario una historia tan conocida, tan leída y tan cargada de emociones? Y, sobre todo, ¿qué iba a pasar cuando esa historia se encontrara con la música?
Ahora finalmente pudimos verla. Y nos fuimos muy a gusto con lo que encontramos.
La historia te lleva a comienzos de los años 90 y está contada desde la mirada de un joven que vuelve sobre sus recuerdos para intentar comprender qué pasó con su hermano mayor, Ezequiel. Un diagnóstico cambia para siempre la dinámica de esa familia: aparecen el miedo, la desinformación y los prejuicios, mientras Ezequiel queda cada vez más aislado y su hermano menor empieza a buscar respuestas.
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Pero si llegás pensando que vas a encontrarte solamente con una historia sobre el VIH, rápidamente vas a descubrir que hay mucho más dando vueltas. También habla de la discriminación, del miedo a lo que no conocemos, de la mirada ajena y, sobre todo, de una familia que intenta entender algo para lo que nadie parece tener respuestas.
Y eso se siente muchísimo en la sala. La función tiene una carga emocional muy fuerte y el público la recibe de distintas maneras. Nosotros vimos a buena parte de la sala profundamente movilizada, incluso hasta las lágrimas. Nosotros, en cambio, no la vivimos exactamente desde ahí.
Y está bueno decirlo.
Porque quizás esperás que una obra te haga llorar porque ves que a tu alrededor todo el mundo está llorando. Pero hay que sacarse el chip de que el teatro tiene que hacernos sentir a todos lo mismo o que un historia triste, tiene que lograr hacerte llorar. Cada uno llega con su propia historia, sus recuerdos, sus emociones y sus experiencias. Una misma escena puede hacerte llorar, incomodarte, hacerte pensar o simplemente dejarte una pregunta dando vueltas camino a casa.
Y eso también forma parte de ir al teatro.
En nuestro caso, lo que más nos quedó fue justamente esa pregunta que aparece en una de las canciones: “¿Cómo mirás cuando mirás?”
Y mientras la obra avanza, empezás a entender que no está hablando solamente de Ezequiel. También está hablando de cómo miramos a los demás.
De qué hacemos cuando alguien no encaja en aquello que conocemos. De cuánto puede cambiar nuestra percepción cuando aparece el miedo. De cuánto de lo que pensamos sobre alguien está construido a partir de cosas que nunca nos tomamos el tiempo de conocer.
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En ese recorrido, el trabajo actoral es uno de los grandes puntos de la propuesta. Alan Madanes está muy bien como ese protagonista adulto que vuelve sobre su pasado. Hay mucha sensibilidad en el trabajo y en la manera en que encara a ese personaje que mira hacia atrás intentando ordenar una historia que durante mucho tiempo estuvo llena de preguntas.
Felipe Bou Abdo, como Ezequiel, carga con buena parte del peso emocional de la obra. Su personaje atraviesa situaciones muy dolorosas y hay mucha sensibilidad en la manera en que las transita, sin necesidad de exagerar aquello que ya de por sí tiene una enorme potencia.
Y tenemos que hacer una mención especial para el pequeño gigante de Dante Barbera, que realmente nos encantó. Hay mucha presencia en su trabajo y ojala nunca baje del escenario.
Junto a ellos, un reconocido elenco que nos gustó muchísimo: Adriana Rolla, Fabio Di Tomasso, Maqui Figueroa y Diego Bros, que aportan y enriquecen con su trabajo el desarrollo de la historia.
Entre todos consiguen Ese universo familiar y social que necesita la obra para que lo que sucede no quede solamente en la historia de dos hermanos, sino que podamos entender también todo aquello que los rodea.
Y después está la música. Acá aparece otro de los grandes desafíos de esta versión: la historia no solamente tuvo que hacer el viaje desde las páginas de un libro hasta un escenario, sino que también tuvo que encontrar una nueva manera de ser contada a través de un musical.
La música y las letras son de Juan Pablo Schapira, y para nosotros es uno de los grandes aciertos de la propuesta. Hay canciones muy potentes, con letras cargadas de emoción, que ayudan a contar lo que los personajes sienten y muchas veces no pueden decir de otra manera. Y la banda en vivo suma muchísimo.
El libro y la adaptación están a cargo de Nico Sorrivas y Martín Palladino, mientras que la dirección general es de Nico Sorrivas y Ceci Miserere. Y creemos que ahí otro de los mayores logros de esta versión: conseguir que una historia que ya tiene un lugar muy importante en el imaginario de muchas personas pueda encontrar su propio lenguaje arriba del escenario.
La lleva a otro lugar, encuentra en la música una nueva forma de contar aquello que conocemos y, al mismo tiempo, conserva el corazón de la historia.
No necesariamente tenés que salir llorando. Tampoco tenés que encontrar una respuesta.
Quizás alcanza con que, en algún momento, mientras volvés, te descubras pensando en cómo mirás a los demás. En qué ves cuando mirás. Y en todo aquello que puede cambiar cuando te animás a mirar un poco más allá.
Y vos, ¿Cómo mirás cuando mirás?